Cells 2013
Las bacterias del intestino pueden contribuir a los síntomas del trastorno del espectro autista
Investigadores del Instituto de Tecnología de California (Caltech), en Estados Unidos, están investigando un nuevo tratamiento potencialmente transformador para el autismo y otros trastornos del neurodesarrollo mediante terapia probiótica. Se ha demostrado previamente que la microbiota intestinal influye en el comportamiento social y emocional de los autistas, pero este trabajo, publicado en “Cell”, plantea que los cambios en estas bacterias del intestino pueden influir en los comportamientos parecidos al autismo en un modelo de ratón.”La investigación tradicional ha estudiado el autismo como un trastorno genético y un trastorno del cerebro, pero nuestro trabajo muestra que las bacterias del intestino pueden contribuir a los síntomas del trastorno del espectro autista (TEA) de forma que antes no se conocía”, dice el profesor de Biología, Sarkis K. Mazmanian, señalando que la fisiología intestinal parece tener efectos en lo que se ha asumido que son funciones del cerebro.El TEA se diagnostica cuando los individuos exhiben comportamientos característicos que incluyen acciones repetitivas, disminución de las interacciones sociales y deterioro de la comunicación. Curiosamente, muchas personas con TEA también sufren de problemas gastrointestinales (GI), como calambres abdominales y estreñimiento.

Para estudiar esta interacción entre la microbiota intestinal, la comunidad de bacterias que pueblan el tracto gastrointestinal humano, y el cerebro, los científicos Anne P. y Benjamin F. Biaggini, profesores de Ciencias Biológicas, usaron un modelo de ratón de autismo desarrollado previamente en Caltech en el laboratorio de Paul H. Patterson.

En los seres humanos con una infección viral grave, aumenta el riesgo de que una mujer embarazada dé a luz a un niño con autismo, un efecto que reprodujeron estos expertos en los ratones usando un imitador viral que provoca una respuesta inmune similar a la infección en la madre y síntomas de comportamiento básicos asociados con el autismo en los hijos.

En el nuevo estudio, Mazmanian, Patterson y sus colegas hallaron que la descendencia “autista” de los ratones hembras inmunoactivadas preñadas también mostraron alteraciones gastrointestinales. En particular, los tractos gastrointestinales de los ratones autistas tenían “fugas”, lo que significa que permitían al material pasar a través de la pared intestinal hacia el torrente sanguíneo, una característica conocida como permeabilidad intestinal que e ha visto en algunos individuos autistas.

“Hasta donde sabemos, este es el primer informe de un modelo animal de autismo con disfunción GI”, dice Elaine Hsiao, primera autora del estudio. Para ver si estos síntomas GI realmente influyeron en los comportamientos parecidos al autismo, los investigadores trataron a los ratones con Bacteroides fragilis, una bacteria que se ha usado como una terapia probiótica experimental en modelos animales de enfermedades gastrointestinales y que corrigió la permeabilidad intestinal.

Además, las observaciones de los ratones tratados mostraron que su comportamiento había cambiado, siendo más propensos a comunicarse con otros roedores, con una reducción de su ansiedad y con menos propensión a involucrarse en un comportamiento repetitivo de excavación.

“El tratamiento con B. fragilis alivia los problemas gastrointestinales en el modelo de ratón y también mejora algunos de los principales síntomas de comportamiento”, destaca Hsiao, para quien esto sugiere que los problemas gastrointestinales pueden contribuir a los síntomas específicos en trastornos del desarrollo neurológico.

Con la ayuda de colaboradores clínicos, los investigadores están planeando un ensayo para probar el tratamiento con probióticos en los síntomas conductuales del autismo humano. “Este tratamiento probiótico es posnatal, lo que significa que la madre ya ha experimentado el desafío inmunológico y, como resultado, los fetos en crecimiento ya han comenzado por un camino de desarrollo diferente”, explica Patterson.

“El autismo es un trastorno heterogéneo en el que la relación entre las contribuciones genéticas y ambientales podría ser diferente en cada individuo –matiza Mazmanian–. Incluso si el B. fragilis soluciona algunos de los síntomas asociados con el autismo, me sorprendería que se tratara de una terapia universal, probablemente no funcione para todos los casos”.

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